Crónica Triatlon de zarautz 2026

En 2012, durante la entrega de premios del Ironman de Lanzarote, se llamó al triatleta más veterano de la prueba, que entonces tenía 79 años, para subir al podio de su grupo de edad. Recogía su premio, pero no esperaba recibir una ovación como la que le dedicamos espontáneamente todos los presentes.

Un clamor de emoción recorrió aquella estancia de La Santa mientras más de mil personas nos levantábamos para iniciar un aplauso que duró varios minutos y reconocía aquellas casi 17 horas de Peter. No estábamos allí por él —al menos, no solamente por él—, pero fue un momento muy especial. Recuerdo pensar: «Ojalá todos tuviéramos al menos un momento así en la vida».

Catorce años después pasaba por debajo de un puente en Zarautz y, aunque sabía que aquellas personas animando desde un muro de hormigón no estaban allí por mí —al menos, no solo por mí—, me hicieron acordarme de Peter. El muro duraba más que aquella ovación en La Santa y quienes estaban allí, además de animar, conocían bien ese esfuerzo. Los ánimos llegaban mirando a los ojos y nos llevaban a todos en volandas.

En todos estos años de triatlón recuerdo experiencias como esta con los dedos de una mano: la primera vez que giré a la derecha en Solarberg, en Roth, para afrontar aquel muro humano; aquella madrugada de 2008 en la que entré al Pier para esperar el cañonazo de Kona; y alguna ocasión más que seguro recordaré más adelante. Dos horas después del Muro adelanté a Óscar González Dorado para compartir unos metros con él, también con las emociones a flor de piel.

Parece mentira que en 37 temporadas de triatlón solo hubiera venido dos veces antes a Zarautz, en 2001 y 2003. Está poco después de Lanzarote o poco antes de Vitoria, y durante dos décadas Kona se lo llevó todo. Ahora que el Ironman ya no sobrevuela mis pensamientos, era el momento de recuperar uno de los mejores triatlones del mundo.

Los días previos volaron. Me alojaba con Dani Ibarrola y con un antiguo rival como Gorka Bizkarra, a apenas 100 metros de boxes. Cenas llenas de anécdotas, helados en el paseo con Guillem Montiel y Roger Manyà y, sin darme cuenta, estaba en la cola de los autobuses con otro gran amigo, Iván Álvarez.

Como dice mi hermano, no sé por qué el triatlón llegó a mi vida, pero sí sé que ha sido responsable de muchos amigos a los que ya veo poco y con los que estas competiciones siguen regalándome grandes momentos.

Hacía mucho calor el día de la prueba y ya había decidido que a la comodidad de competir con una bici de ruta con acoples iba a sumar el no llevar casco aero. Hace unos años esto habría sido impensable, cuando todavía podía plantearme rondar el puesto 25. Mi nivel no ha bajado, al menos por ahora, pero sí ha subido el nivel medio. Sabía que entrar entre los 50 primeros era prácticamente imposible y que, en un buen día, pelearía por el podio de mi grupo de edad (V2 o 50-59 para los más jóvenes).

En la línea de salida conseguí colocarme en segunda fila. Estoy nadando bien en piscina, pero desde que se popularizó el rolling start no había vuelto a hacer una buena natación en una salida masiva, y esta vez estaba decidido a cambiar esa tendencia.

Salimos muy fuerte. Encontré buenas sensaciones desde el principio hasta que, nadando en torno al puesto 25, apareció una sensación familiar: una crisis de ansiedad de esas que, muy de vez en cuando, me visitan en competición. De repente sentí que no podía respirar.

La experiencia ayuda. Sabía que no me faltaba aire, sino que mi cerebro había activado un mecanismo de defensa. Hice unas brazadas a braza, otras a espalda y traté de relajarme. En cuanto interioricé lo que estaba ocurriendo, la sensación desapareció tan rápido como había llegado. No debieron de ser más de treinta segundos.

Volví a nadar bien, recuperé parte de lo perdido y disfruté de un grupo rápido, aunque pequeño. Los casi 2.900 metros y el esfuerzo inicial acabaron pasando factura y terminé perdiendo contacto. Salí del agua a unos cinco minutos y medio de la cabeza. No fue una gran natación, pero sí reflejaba el trabajo realizado durante el invierno en la piscina.

La larga transición transcurrió sin problemas y salí hacia Meagas viendo unos vatios disparatados, más de cien por encima de mi objetivo. Poco a poco fui levantando el pie hasta estabilizar el esfuerzo.

Cada vez hay más nivel. Rodando cerca de 4,5 W/kg y alrededor del puesto 50, algunos me pasaban como aviones. Yo también adelantaba a mejores nadadores que yo, así que más o menos compensaba. El calor empezaba a hacerse notar y decidí reducir ligeramente la intensidad prevista. Como era lógico, comenzaron a caer algunos puestos.

Al llegar a Zumaia nos integramos en un grupo completamente legal que circulaba hacia Zarautz a más de 42 km/h. Había que estar atento para respetar los doce metros porque era fácil entrar en zona de drafting. En la segunda subida a Meagas los más fuertes rompieron el grupo y yo coroné pensando ya en el famoso Muro.

Y entonces llegó.

Nada más pulsar el lap del Garmin casi se me saltan las lágrimas al ver tantísima gente dejándose la garganta. Es imposible llevar los vatios bajos en rampas del 20 %, pero para quienes no luchamos por la general siempre hay algún pequeño descanso antes de la siguiente pared. Me adelantó un chico al que un amigo empujó durante varios cientos de metros. Hace unos años me habría sentado fatal; esta vez no. No había venido a discutir con nadie. Había venido a disfrutar de esos ánimos tan característicos de Euskadi, con la gente mirándote a los ojos y llevándote en volandas.

Coroné a golpe de riñón y apenas 50 pedaladas por minuto. Muscularmente quedé muy tocado y ya no fui capaz de volver a mover los vatios de un entrenamiento fácil, pero San Blas parecía no hacer prisioneros y todos los que me rodeaban estaban pagando un peaje parecido.

En el segundo paso por Zumaia, Iván Álvarez nos puso en fila. Justo antes de llegar a Getaria pensé que íbamos al límite de los doce metros. Una jueza me lo confirmó con una tarjeta azul.

Cinco de nosotros acabamos en el penalty box de Meagas. Cuando alguien comentó que la sanción había sido estricta, respondí que, aunque ninguno intentábamos aprovecharnos, en algún momento habíamos incumplido la norma y el objetivo de la tarjeta se había cumplido. Además, ya iba muy castigado de piernas y agradecí aquellos dos minutos de descanso antes de afrontar la última subida.

Llegué relativamente fresco a una T2 que nos recibía con 32 ºC. Al salir a correr, un golpe de calor me dio la bienvenida. Tocaba reestructurar la carrera.

Sabía que si intentaba correr a los ritmos de Sevilla, de apenas un mes antes, no terminaría la prueba. Acorté la zancada y me instalé en ritmos cercanos a 4:30/km, caminando en tres avituallamientos donde, afortunadamente, había agua fría.

El estómago estaba completamente cerrado y hasta el kilómetro 4 no conseguí empezar a comer. Esos veinte minutos de paciencia me permitieron estabilizar la situación. No corría a los ritmos que me habría gustado ni peleaba por posiciones; simplemente intentaba que el motor no se sobrecalentara.

Sabía que iba bastante zombi cuando Carlos Aznar me preguntó con quién había compartido bici y fui incapaz de recordar el nombre de Iván, un amigo de toda la vida.

En la tercera vuelta el calor apenas había bajado de 32 a 30 grados, pero yo empezaba a controlar mejor la situación. Los últimos kilómetros salieron a 4:15/km, un ritmo que en Sevilla me habría parecido lentísimo y que allí me permitió recuperar algún puesto.

Finalmente crucé la meta en el puesto 78 y como primer clasificado V2. Asier me recortó mucho tiempo en bici y carrera, pero la natación se le había hecho un poco larga.

Me gustaría volver en 2027, en el 40.º aniversario, y afrontar la prueba de una manera más agresiva para acercarme a aquel Top 50 que sí era capaz de lograr hace un cuarto de siglo.

Mientras tanto, nos esperan más historias, más conversaciones sin móvil y más carreras compartidas.

No sé qué habrá sido de Peter David Norman. Hoy tendría 93 años y, allá donde esté, recordará aquel Lanzarote de 2012. Yo recordaré este San Blas de 2026 el tiempo que me quede.